La libertad como religión

 

La productividad como religión

La productividad como religión

Vivimos atrapados en una idea que no nace de nosotros, sino de un sistema que aprendió a disfrazar presión de “oportunidad” y explotación de “libertad”. Desde la Revolución Industrial, y especialmente en pleno siglo XXI, se repite constantemente que la libertad es poder producir más. Que quien aprovecha el tiempo es libre. Que quien descansa pierde. Que quien no rinde, no vale.

Y aceptamos ese relato como si fuese propio, sin cuestionar si realmente sentimos eso dentro.

Esta es la gran trampa: confundir productividad con valor personal.

La identidad que no es tuya

En mi libro Soy, luego pienso hablo de algo esencial: la identidad que creemos “propia” suele ser un conjunto de programas ajenos. Pensamientos heredados, estructuras aprendidas y condicionamientos que repetimos sin notar que no nacen de nosotros.

La hiperproductividad funciona igual. Te empuja a creer que eres lo que haces, que tu valor está en tu capacidad de rendir, que tu identidad depende del resultado. Sin embargo, una identidad basada en el rendimiento no es identidad, es obediencia.

Puedes ver mi libro aquí

El capitalismo emocional: vales si produces

Nadie nos dice directamente “produce más o no vales”. Sería demasiado evidente. Hoy el sistema es más sutil:

“Sé tu mejor versión”
“Aprovecha el día”
“No te quedes atrás”
“Muévete, crece, avanza”

Mensajes aparentemente motivadores que esconden un chantaje emocional:
si no estás haciendo algo útil, estás fallando. Y ahí empieza el ciclo que desestabiliza a cualquiera:

  1. Te exiges.
  2. No llegas.
  3. Te culpas.
  4. Baja la autoestima.
  5. Aumenta la ansiedad.
  6. Intentas compensar.
  7. Vuelves a fallar.

No falla tu capacidad: falla la creencia. Tu esencia no está hecha para vivir en rendimiento constante. Esa maquinaria no es humana; es industrial.

El ruido mental como herramienta de control

El pensamiento compulsivo, cuando domina, desconecta del ser. Lo explico en profundidad en Soy, luego pienso. Cuando la mente está ocupada, agitada y llena de comparaciones, anticipaciones y autoexigencias, la presencia desaparece.

La productividad excesiva utiliza este mismo mecanismo. Mantiene la mente saturada, sin espacio para sentir.

Cuando la mente está llena:

  • no escuchas tu interior,
  • no distingues deseo de obligación,
  • no distingues necesidad de culpa,
  • no distingues libertad de hábito.

No puedes elegir si no puedes escucharte. Por eso la hiperproductividad no solo roba tiempo, sino que también roba autoescucha y roba libertad interior.

La gran contradicción: la productividad te quita la libertad que dice darte

El capitalismo moderno vende que la libertad es tener más opciones, más proyectos, más ingresos, más movimiento. Pero la verdadera libertad es mucho más simple.

Libertad es poder elegir sin traicionarte.

Cuando tu vida está organizada alrededor de producir:

¿eliges tú el ritmo, o lo marca el miedo?
¿eliges tú cuándo parar, o te lo impide la culpa?
¿eliges tú tus prioridades, o sigues las del sistema?
¿eliges tú quién eres, o te defines por lo que haces?

La hiperproductividad no libera: coloniza. Te convierte en un personaje, un rol que actúa, cumple y rinde… mientras tu verdadero yo queda debajo de la máscara.

La caída emocional: tristeza, ansiedad, desconexión

Cuando una persona vive atrapada en esta lógica productivista, lo que sufre no es falta de capacidad, sino pérdida de sí misma.

Y esa pérdida se siente así:

  • tristeza sin explicación,
  • ansiedad sin pausa,
  • cansancio que no se recupera,
  • autoestima que se deshilacha,
  • decisiones que ya no parecen propias.

Nada de esto es casual. La productividad desmedida destruye justo las funciones internas que sostienen la salud mental: la presencia, la claridad, la calma y la conexión.

Es imposible sentirse suficiente en un sistema que nunca se sacia.

Volver al “soy”: recuperar la libertad real

Lo repito a menudo: primero soy, luego pienso.

Y desde ese “soy” aparece la libertad que importa: la libertad interior.

La libertad no es hacer más.
La libertad es vivir sin traicionarte.
Es darte permiso para sentir.
Es volver al cuerpo, al instante, a la autenticidad.

Es dejar de obedecer pensamientos condicionados para escuchar la verdad silenciosa que hay detrás.

Cuando una persona vuelve a sí, ya no necesita competir, rendir o demostrar. Encuentra un ritmo propio, una claridad que no viene de la exigencia, y una vida que no se sostiene en la culpa.

Si quieres profundizar en este tema, te dejo este artículo relacionado:
Progreso, ¿para qué?

Conclusión: eres más que tu producción

No somos máquinas.
No somos agendas.
No somos resultados.

Somos presencia.
Somos experiencia.
Somos vida sintiéndose a sí misma.

El sistema vende que ser libre es rendir más.
Pero la esencia susurra otra cosa:
ser libre es volver a la esencia del ser.

Y entre ambas voces, siempre gana la que tú decidas escuchar.

¿Quieres recuperar tu libertad interior?

Si sientes que la productividad, las exigencias externas o los patrones aprendidos han tomado demasiado espacio en tu vida, podemos explorarlo juntos. A veces, basta una conversación para poner luz en aquello que te está frenando.

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Constelador Familiar y Sistémico. Pareja, Familia, Salud Sistémica. Sesiones individuales y grupales tanto presenciales como online. Terapeuta de La Nueva Terapia LNT®. Facilitador Teatro Terapéutico. Consultor Sistémico de Empresas Familiares y Autónomos. Trabajo de investigación: Técnicas Sistémicas aplicadas a las Artes Escénicas y a la Escritura Creativa de Ficción: Teatro, Cine, Televisión, Novelas, Cuentos, Guiones de Cine y Televisión, Libretos de Teatro y de Ópera, Danza, Música, Canto.