La pérdida de identidad personal: el caso de Carlos María y Marta (@MartaNoOpina)

pérdida de identidad personal
A veces creemos que lo más difícil es cambiar. Pero lo realmente complejo empieza después: cuando ya has cambiado y no sabes quién eres. Esa sensación de vacío, desconcierto o desorientación interior es lo que en psicología se conoce como pérdida de identidad personal.
Cuando la vida cambia y ya no sabes quién eres
En la mayoría de los casos, la pérdida de identidad personal se entiende como algo negativo. Suele aparecer después de un duelo, una ruptura, una jubilación o un cambio vital importante. La mente se queda sin referentes y necesita adaptarse a una nueva realidad.
Tras perder un trabajo, una pareja o un rol, muchas personas expresan lo mismo: “No sé quién soy ahora.” No lo dicen solo por tristeza, sino por desconcierto. Su identidad estaba unida a una función o a una pertenencia: “soy la madre de…”, “soy el marido de…”, “soy la directora de…”. Cuando ese vínculo se rompe, no solo se pierde algo externo, sino también la estructura interna que sostenía el sentido de sí (mismo o misma).
Desde una mirada centrada en el yo —en la construcción del ego—, la pérdida de identidad personal se percibe como una amenaza que debe repararse. El objetivo es reconstruir esa identidad: volver a sentirse alguien, adaptarse a lo nuevo, encontrar una rutina o una razón. En definitiva, rehacerse desde la resignación, intentando volver a ser quien se era, aunque ajustado a la pérdida. Una versión restaurada, no una versión nueva.
Sin embargo, existe otra forma de mirar esta crisis: una que no busca volver atrás, sino descubrir lo que aparece cuando todo eso cae. Esa mirada —la que atraviesa a los personajes de @MartaNoOpina— no habla de resignación, sino de transformación. Porque a veces, lo que llamamos pérdida de identidad es, en realidad, el inicio del reencuentro con el ser.
El caso de Carlos María (@MartaNoOpina)
En @MartaNoOpina, quien encarna de forma más clara la pérdida de identidad personal no es Marta, sino Carlos María (antagonista). Durante años, su sentido de sí mismo se ha sostenido en el poder, la posición y el control. Su identidad está construida desde el hacer y el tener: tener influencia, tener razón, tener un lugar dentro del sistema.
Cuando ese sistema se tambalea, también lo hace él. De pronto, ya no es “el hombre que decide”, “el político que dirige”, “el que marca el rumbo”. Y cuando todo eso se desmorona, aparece el vacío. No porque haya perdido algo material, sino porque su identidad dependía por completo de lo que representaba. Carlos María no sabe quién es fuera del personaje que interpretaba.
Esa es la verdadera pérdida de identidad personal: cuando confundimos lo que somos con lo que los demás reconocen en nosotros. Cuanto más sólida parece esa identidad —más títulos, más éxito, más poder—, más frágil se vuelve cuando el sistema deja de sostenerla.
Lo que Carlos María vive es el colapso del ego. Todo lo que lo definía deja de tener sentido. Su discurso se vacía, sus certezas se disuelven y su valor ya no depende del cargo, sino de su capacidad de ser sin papel. Y eso, para quien ha construido su identidad en torno a la validación externa, puede sentirse como una muerte simbólica.
El contraste con Marta (@MartaNoOpina)
Marta (protagonista), en cambio, vive el proceso inverso. Empieza en el silencio, en la invisibilidad, en la supervivencia. Su identidad es difusa, prestada, sostenida por los demás. Cuando decide hablar, su transformación no la hunde: la expande. Deja de ser función para convertirse en persona.
Su viaje no es de pérdida, sino de presencia. Mientras Carlos María se desmorona porque su ego se derrumba, Marta se reencuentra porque deja caer el suyo. Él se aferra a lo que se acaba; ella se abre a lo que nace (no sin dudas y miedos). Él pierde reconocimiento; ella gana autenticidad.
Ambos encarnan los dos movimientos del cambio humano: el que se resiste y el que se entrega. Y ambos muestran que la pérdida de identidad personal no siempre es un desastre: a veces es la puerta hacia una vida más verdadera.
De la pérdida del “hacer” al reencuentro con el “ser”
La mayoría de las veces no perdemos la identidad cuando algo externo desaparece, sino cuando dejamos de sostener la imagen que nos daba sentido. Después de un duelo, una ruptura o un cambio profundo, la pregunta no es “¿qué he perdido?”, sino “¿quién soy ahora que ya no soy eso?”.
Nos definimos por lo que hacemos: la madre, el profesional, el cuidador, el que puede con todo. Y cuando esas funciones desaparecen, aparece el vacío. Pero ese vacío no es un agujero: es un espacio fértil. Es el territorio donde puede emerger el ser sin etiquetas, sin títulos, sin expectativas.
En @MartaNoOpina, Marta pasa de no tener nada a ocupar el lugar en el poder. Pero su verdadero viaje no está en el ascenso, sino en despojarse de las lealtades invisiblesque la mantenían atada al sacrificio y a la culpa. Su conquista no es política, es interior.
La identidad real no se sostiene en lo que poseemos o representamos, sino en lo que somos cuando no tenemos nada que demostrar. Cuando dejamos de actuar desde el hacer y nos permitimos simplemente ser, la pérdida deja de doler y se convierte en presencia.
Una mirada sistémica sobre la pérdida de identidad
Desde la perspectiva sistémica, cuando alguien cambia su posición en el sistema —como Marta al romper el silencio o Carlos María al perder el poder—, todo el sistema se mueve. El entorno reacciona: unos se alejan, otros se transforman. Por eso, perder la identidad antigua no es solo un proceso interno, sino también relacional.
Cada vez que rompemos un patrón, obligamos a todo lo que nos rodea a reconfigurarse. Y en esa reconfiguración se esconde el verdadero sentido de la crisis: el crecimiento no es lineal, es colectivo.
Conclusión
En @MartaNoOpina, Carlos María pierde lo que creía ser y se queda sin personaje. Marta, en cambio, deja de sostener lo que no era y se reencuentra con su verdad. Dos movimientos opuestos que, en el fondo, hablan del mismo proceso: la caída de lo que no somos y la posibilidad de ser sin máscaras.
La pérdida de identidad personal no es una amenaza, sino una oportunidad. No se trata de recuperar el antiguo yo, sino de permitir que nazca uno más real. Perderse, a veces, es la única forma de encontrarse. A veces, lo más difícil no es perder lo que tenemos, sino atrevernos a soltar quién creemos ser.
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